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Poema. Tal vez.

 

 

 

tal vez

 

 

 

 

me dicen que alguna vez

fui niño

 

que, máquina de escribir al hombro

corrí cuestabajo por empedrados

y banquetas desparejas

 

y llegué con los abuelos

y les conté de los golpes,

ejercicios y dictados

y ellos decían

             'qué bien, eso está muy bien

             m'hijo querido'

y aquellas palabras

paliaban un poco el dolor

por un padre ausente,

una madre callada y triste,

y unos hermanos bulliciosos,

felices

y solos,

bulliciosamente solos

 

me dicen que alguna vez lloré

volteado hacia la pared

cargada de medianoche y rocío

y por la mañana

esperaba aquel rasguño de canela

hervida con el café

antes de ir a la escuela

y escapar de ese purgatorio

que entonces llamaba casa

 

¡me dicen tantas cosas!

 

mencionan un plato

             (los platos)

inundado con frijoles y sopa

             (siempre la querida

             e igualmente

             odiada sopa)

desbordado por la desesperación

y la tristeza de la tarde

donde otro arañazo de canela

             (sobria, magnánima corteza)

hacía más llevadero

el sorbo de leche

y cuatro galletas marías

cortadas en sendas partes

que semejaban granos de arroz

colocados sobre bicolores

escaques que multiplican

hasta el infinito

las posibilidades de la saciedad

y el hambre

 

me dicen que dormí

enredado en el rebozo de la abuela

quien miraba mis manos

y se dolía por mis dedos adoloridos

ignorando la punzada que también

ella compartía,

la carne viva de sus propias manos

que amplificaba el dolor de las mías,

cuatro manos humedecidas en el lodo

de uno y otro y otro y otro

litro de cacahuate despepitado

de su raíz y sus hojas

 

me dicen también que llegaba

medroso y somnoliento

cada tres, cuatro meses,

un giro postal,

veinte mil pesos que no servían

para saldar las deudas

de seis, siete, ocho meses

acumuladas en la tiendita,

en el bolsillo generoso de los vecinos,

en los sartenes rebosantes de aceite

donde se multiplicaban cual si fueran peces

y panes

los tacos rellenos de picadillo y papa

y fritos en la luz de una luna siempre cortada de tajo

 

me dicen que los adobes

estaban infestados de alacranes

y cada noche

             -noche tras noche,

             como una promesa ingrata

             de la luna nueva-,

caían del techo

y trepaban por las paredes

buscando la sábana, el pliegue

discreto y conveniente

de la almohada

 

que esos bichos silbaban

y era su silbido

una invitación al delirio y la fiebre

y con un poco de mala suerte

el fondo acolchado y limpio de un ataúd

 

me dicen que algunas tardes

me vieron tecleando con todas mis fuerzas

exámenes que presentarían otros

y que yo sabía de pé a pá y aun así,

dejé pasar la suerte,

la oportunidad que me hubiese

dejado unos pesos en la bolsa

y me conformé con llenarme de ampollas

los dedos y lastimarme las muñecas

sabiendo que los beneficiados serían otros

siempre ellos, siempre aquellos

que hoy me dicen y juran

por el tiempo ido y los tiempos muertos,

por los paraísos perdidos y las glorias petrificadas

que alguna vez fui eso

que ellos dicen

 

hoy, mirándome, deben volver los ojos,

desviar el rostro hacia otro lado

incapaces de mirarme a la cara:

no me reconocen, no encuentran

ni en mi rostro ni en mis manos

aquel niño que fui,

obligado a madurar temprano

y a dormir tarde,

a correr por los empedrados con una bolsa de frijol,

una vaina de plátanos y un botecito de cajeta

con etiquetas repletas de palabras gringas que venían

de una tierra donde sabía que mi padre

también estaba y de alguna manera

me sabía robado, estafado, castigado

sin saber por qué ni por cuánto tiempo

 

quieren que recuerde eso,

y les digo que nada importa ya;

es poco lo que traje de aquellos naufragios,

y mucho lo que perdí

y trato

             -juro que trato, con todas mis fuerzas-

de mantener a flote

esto que soy

lo poquita cosa que pude rescatar

de aquellas tormentas que, pensé,

eran gritos del cielo

 

duele saber que la inocencia

me trocó la sentencia

por la promesa de un futuro

en el que hoy trato, intento

encontrar con todas mis fuerzas

ese niño del que hablan y del que se dicen tantas cosas

y no,

no puedo encontrarlo

 

             -tal vez,

             quizás,

             aquello lo salvó

             sin que él lo supiera,

             como una gracia recibida

             en el yermo,

             justo antes

             de morir el sol-

 

así, pues,

lo dejaré hacer, que ande y recorra

ese otro mundo que soñó y donde

sus brazos eran alas y sus ojos telescopios,

y la luna el cuenco donde bebería

jugo de estrellas y taninole de cometas,

donde calcularía la ruta exacta

del cometa halley con la intención de topárselo otra vez

             -una sola, última vez-

y después, trepándose en su lomo,

escaparía hacia la noche donde el sueño

le vencía y convencía, regalándole la sabiduría suprema

de una certeza tranquilizadora y benévola:

 

no estaremos para siempre

en esta pesadilla de calles empedradas

y cuartos de adobe y alacranes que marchan

cual ejército sobre aldeas y villas indefensas

 

ya no lo busco:

ese niño sabe jugar muy bien

a las escondidas

 

 

 

 

francisco arriaga.

méxico, frontera norte.

30 de abril-22 de mayo de 2026.


Francisco Arriaga. Tal vez. Poema. by Francisco Arriaga

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